Bienestar

Cualquier cosa es una cosa

Escarbando en un cajón (ajeno, por supuesto, si fuera mío no estaría escarbando sino regresando a mí mismo) encontré al amigo imaginario de mi amigo imaginario.

Era un tipo bien parecido y más bien con porte de pertenecer a la realeza o algo similar; no podía esperar menos de algo irreal que brotó de algo también irreal que, por su parte, nació de mi imaginación: ojos claros, pelo lacio, de altura considerable basado en el triste promedio latino (ni me incluyo porque los avergonzaría).

Supe quién era porque en su pecho tenía bordada la inscripción «Amigo imaginario de Gabriel». Me reproché de inmediato el no haberle bordado a Gabriel «Amigo imaginario de Sergio» en letra cursiva roja y, por supuesto, no pude evitar fijarme en mi pecho para revisar si tenía una inscripción del mismo tipo.

No sé qué hay que tener en la cabeza para bordarle la ropa a un amigo imaginario; tampoco sé qué, para tener amigos imaginarios guardados en un cajón. Y mucho menos qué, pero esto no lo discutiré, para escarbar en un cajón al azar. Me entretuve un rato observando mi hallazgo y recordando a Gabriel, mi niñez, el que fui y quiero ser cuando sea viejo.

No supe el nombre del amigo imaginario que encontré porque no encontré el suyo, con su marca respectiva. Lo abandoné, al fin, al lado de una vagina artificial, esas que ahora se implantan en donde no hubo vagina. Es decir, en cualquier cosa que es, como los hombres, un hombre.

Facebook Comments

Etiquetas

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar