Bienestar

Honorabílisimo disfraz

Me oculté dentro del cuerpo de un niño y me colé en una visita que hacía su colegio al honorable Capitolio Nacional de Colombia (un sitio, para los que no lo saben, donde se hacen leyes de las mejores: las que ya traen la trampa incluida; o el antídoto, para ser más exacto).

La guía nos habló de lo que hacían en aquel lugar y de la honorabilidad de los trabajadores de turno. Habló también de la historia del sagrado recinto, de las obras de arte, de la arquitectura, de todo lo que un niño de casi diez años (por cierto, un poco incómodo como escondite) no comprende. Y así, de anécdota en anécdota, nombrando a decenas de personas que no sé qué hicieron, ni qué no, durante todo el recorrido hasta quedarme dormido: soñé que era el presidente de Colombia y que prendía fuego al congreso en un ataque de insomnio.

niño presidentee

Desperté sobresaltado por las obras de arte que perecieron durante la hoguera. Ya más calmado decidí salir del chico; me cansó que se hurgara la nariz impiadosamente y se rascara por todo lado como si estuviera contagiado de algo o sufriera alergia a la mentira o a los sueños de otro dentro de sí mismo. Aproveché en un rincón oscuro; salí por donde entré (no puedo revelar el lugar) y me oculté hasta la siguiente plenaria, al día siguiente, para comprobar en carne propia lo que allí sucedía (o se soñaba; algunos duermen mientras tanto). Fue la noche más larga de mi vida; tuve miedo de soñar otra catástrofe y no despertar jamás, de quedarme dentro del cuerpo de una mariposa queriendo ser un gusano un rato más.

Amaneció. La sesión programada para las ocho de la mañana empezó, sin quórum y sin vergüenza, a las diez (obvien que tuve que ocultarme dentro del cuerpo de un senador de la república; elegí mal y quemaba un poco; debí buscar uno de esos pocos que son honestos y vienen a trabajar). La presidía un hombre con restos de comida en la solapa del vestido. Gritaba para ser oído en la parte trasera del salón. Movía las manos de forma abstracta, seguramente enviando un mensaje encriptado a los sordomudos. También cometía faltas de ortografía al hablar (igualaba la ye y la elle). Escupía también y al parecer no se había bañado aquel día: sus orejas los delataron. A la honorable intervención del presidente le siguieron otras tantas con mayor grado de desatino y de destino. Vomité varias veces dentro del soñador, sin que este se percatara, y salí a volver a ser yo, por donde entré, pero siendo otro.

plenaria

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