Curiosidades

La tragicomedia de buscar empleo

En mi larga trayectoria laboral (trabajo desde los 16 años) aunque no lo crean solo he tenido 7 trabajos (incluye formales e informales), gracias a Dios en cuestiones laborales siempre he disfrutado de no tener periodos extensos de desempleo.

Llega un momento cuando sientes que tu trabajo no te está aportando esa chispa para salir adelante o no vislumbras el crecimiento que quisieras y decides tomar la decisión de decir ‘hasta aquí llegamos, es hora de partir’ y sientes un fresco aterrador en tu alma, se renueva una sonrisa calma en tu ser, que no proyecta lo que viene en adelante (pero es la sensación más liberadora que una pueda sentir). Después de varios días de esa gran decisión, te tomas el trabajo de pensar cuál va ser tu nuevo rumbo, hacia dónde quieres ir y cómo lo vas a lograr.

Las personas como yo que ya tenemos responsabilidades, deudas, obligaciones etc., nos ponemos a buscar un trabajo acorde a nuestro perfil y la experiencia que hayamos desarrollado en nuestra trayectoria laboral, nos apoyamos en nuestros conocidos pidiéndoles que cualquier cosa que sepan nos avisen, que estamos buscando trabajo; pero que no estamos desesperados, que estamos disfrutando nuestra nueva etapa; y en ocasiones la vida nos da la grata sorpresa, se nos aparece la Virgen y nos sale un buen puesto referenciado por alguno de nuestros amigos, pero cuando no, comienza la trágica comedia que les voy a describir.

Gracias a la ayuda de internet uno ya no “gasta tiempo, ni dinero” en traslados para realizar lobby en una empresa donde necesitan una persona y nos presentamos 500; hasta ahí vamos bien. Entramos en uno de estos conocidos portales de empleos, los más avanzados realizamos filtro de búsquedas avanzadas según nuestro perfil y lo que deseamos. La maravilla de la tecnología genera un sinnúmero de resultados, y entonces comenzamos a reír y por un momento disfrutamos la sensación de que trabajo es lo que sobra, pero luego nos invade un sentimiento de frustración al percatarnos de las diferentes oportunidades laborales en nuestra cultura económica: el técnico gana lo mismo que un bachiller, el profesional lo mismo que un tecnólogo, el bilingüe (que para tener esta habilidad medianamente desarrollada se tuvo que invertir mucho más dinero que el resto) gana lo mismo que cualquier persona, que la edad es muy discriminatoria, que es malo tener mucha experiencia y peor si no se tiene, que para contestar una llamada se necesita especialización o maestría y si nos descuidamos, un doctorado; que para ser analista ya no se necesita pensar sino un título, que debes hacer muchas funciones para ganarte un mínimo y que ahora todo el mundo laboral es manejado por temporales que se quedan con un porcentaje del presupuesto que la empresa ha proyectado para el cargo que vayas a desempeñar (este porcentaje podría aumentar el ingreso del trabajador, su capacidad adquisitiva o la oportunidad de seguir educándose) pero quién soy yo, que no tengo un diploma en economía ni en psicología laboral, para opinar, dirán los expertos.

Como si lo anterior fuera poco, la gran mayoría tienen como requisito ‘excelente presentación personal’ (devengando un SMLV eso sería un milagro, a menos que bien presentado sea ropa y accesorios de donde don Chow y que mi mamá sea peluquera), ‘tolerancia a la frustración’ (¿a quién le gusta que lo humillen?), ‘trabajo bajo presión’ (eso suena a que trabajaras hasta que amanezca) y ‘excelente relaciones interpersonales’ (les han tocado los trabajadores más mala clase o en esa entidad todos son hermanos de Shrek). Con todo lo anterior, me irrumpe una duda, ¿dónde esta salud ocupacional o bienestar laboral en esas prestigiosas empresas?, ¡esos requisitos suenan a son negreros! Sin contar las que tienen requisitos como ‘debe ser soltera, sin hijos, vegetariana, practicante de alguna religión’, entre otras (¿Se van a casar conmigo o por lo menos me van a sacar apartamento?).

Prosiguiendo con mi reciente experiencia, después de muchos años, en la búsqueda de una nueva oportunidad laboral, después de enviar cualquier cantidad de hojas de vida en forma virtual y aplicar a un sinnúmero de ofertas de las que en un principio cumplo con el perfil y de las que no me dejo abrumar por las especificaciones de los requisitos que están buscando, suena el celular porque de las 1.000 ofertas a las que apliqué, a alguien le interesa conocerme; generalmente llama la asistente de la psicóloga o reclutador y de una manera básica y rápida me indica que mi hoja de vida ha sido seleccionada para aplicar al cargo (del cual uno ya ni recuerda cuál es, por la cantidad de ofertas que vio) y que si me interesa la oferta por favor lleve en físico mi hoja de vida anexando unos documentos, y me presente a una entrevista. (Aún no entiendo por qué debo llevar la hoja de vida en físico si digitalmente ya la envié, o el portal la tiene registrada, consideremos los arbolitos…).

Se alegra nuevamente el corazón y el espíritu, se regocija en ese sentimiento triunfador de ‘aún tengo oportunidad’. Cuando se presenta generalmente son grupos de 6, máximo 10 personas; nuestra esperanza se fortalece al ver que somos pocos y que una se puede destacar por sus capacidades. Resulta que ahora todo el mundo es proactivo, trabaja bajo presión, es resolutivo y además creativo (esas frases ya suenan a respuesta de reina de belleza) y ahí es cuando uno entiende por qué siempre en el trabajo hay uno que gana más que los demás y sin el menor esfuerzo.

Después de escuchar las diferentes introducciones, empiezan un número de pruebas psicotécnicas, porque generalmente no son de conocimientos básicos del cargo al que uno aplicó. Que si el árbol es grande o pequeño, que si dibujas una jarra o el sol, peor las preguntas que quién es mejor persona, el que roba a un rico o el que roba por flojera, y comienzan un poco de cuestionamientos a nuestra personalidad que una termina confirmando un diagnóstico: estoy loca, tengo moral de dudosa reputación, dejé de ser optimista, es probable que no aporte ni sirva en nuestra joven y próspera sociedad consumista, y lo peor, nunca nos dicen el resultado de nuestras pruebas. Solo nos dicen ‘muchas gracias, revisaremos sus pruebas, de los que se ajusten al perfil se enviará la información a la empresa que los solicita y ellos decidirán con quien se quedan’. Después de todo esto la entrevista ya se ha prolongado por 3, 4, 5, 6, 7 y hasta 8 horas, en el peor de los casos, si el entrevistador está en reunión o almorzando. Ahí es cuando uno se pregunta, ¿vale la inversión en tiempo y dinero que me ocasionó este proceso de selección?

No estoy desmeritando la labor de los profesionales en selección o las políticas de las empresas por realizar pruebas de conocimientos, moralidad, personalidad, pero en este punto creo que ya no necesitamos Pasado Judicial sino un perfil público con nuestro historial médico-psiquiátrico que certifique que somos capaces de pensar y vivir en sociedad sin ninguna enfermedad moral que infecte a los que nos rodean. Esto nos confirma por qué traemos extranjeros y les pagamos muy bien para que trabajen aquí, si nuestro mundo laboral refleja nuestro déficit en educación y sentido común. Que las empresas quieren gente trabajadora y emprendedora que sobrevivan con la remuneración que no permite mejorar la calidad de vida.

Si a nosotros nos estudian y realizan exámenes, no tenemos derecho a que nos digan el resultado o por lo menos que sean sinceros y nos comuniquen ‘no cumples con el perfil’, en vez de darnos falsas esperanzas. Aclaro, no todas las empresas tienen estos procesos, hay algunas que se preocupan por su más importante activo, el “Talento Humano”, yo he tenido el privilegio de trabajar en 3 de ellas.

Después de todo lo anterior, creo que estaré vetada de todas las temporales de Bogotá; sin embargo seguiré pasando hojas de vida quien quita que alguna empresa quiera pulir este diamante en bruto, y no está de más, si saben de algo, cuéntenme, de pronto sea el perfil que están buscando. Mientras tanto seguiré en mi trabajo no remunerado, me he declarado abiertamente Aprendiz de Administración de Hogar (no conozco la institución colombiana que me certifique el diploma).

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